El domingo fui a San Telmo. Hacía años que no paseaba por allí y me encontré con una gran sorpresa. Pero empecemos por el principio.
Empecé a bailar cuando tenía 8 años. Ya escribí sobre ello, especialmente sobre Flora, así que no lo voy a repetir. Bailé flamenco, zapateo americano, clásico, moderno, expresión corporal, rock, danzas indias, swing y por supuesto, tango. Una amiga de ese momento, Mariana Fioramonti, me presentó a Gustavo Naveira, un tanguero de pura cepa. Nadie lo conocía, nadie bailaba tango. Recuerdo que mi mamá me dijo en ese momento: “Betinita, ¿por qué bailas tango? Es tan… tan íntimo, tan…” y yo le respondí: “pero vos también bailás tango” y ella respondió contundentemente: “pero yo bailo con tu papá”. No había milongas o si las había eran bastante desoladas y oscuras. Estamos hablando de los años 80.
Empecé a bailar en un departamento en la calle Larrea. Sola con él. Su mujer, Olga Besio, fue la mejor bailarina de tango que vi en mi vida. Ambos habían aprendido a bailar tango bailando. No había profesores en ese momento. Eran personas que bailaban tango en los zaguanes de sus casas, en los clubes de barrio, en familia, pero se empezó a poner de moda y devinieron profesores.
Recuerdo que una vez le dije a Gustavo que quería ir a una milonga. Me miró y me dijo: “vamos a ir a Cuartito azul, pero quiero que sepas una cosa: sos demasiado rubia para bailar el tango”.
Y en ese deambular por lugares donde no era muy bien recibida, empecé a recomendar a mis amigas bailarinas profesionales que bailen tango. Y la cosa cambió radicalmente. De hecho, creo que la mayoría de las que empezaron a bailar el tango eran “rubiecitas” y ni que hablar cuando empezaron a llegar las extranjeras. Boom, re boom, etc.
Y los tangueros, estos bailarines de barrio devenidos en profesores, héroes, galanes, sobre todo galanes, tuvieron un gran momento. Momento en el que me crucé con Tete, Gustavo y, entre otros, el Indio. No seguí con el tango. Nunca me gustó mucho escuchar el tango y entonces, quedarme planchando en una milonga -porque obviamente no me daba para mirar a los ojos y esperar la cabeceada- hacía que me quedara horas y horas, mirando y escuchando la música. Aburrimiento fatal. Sí amo la milonga y, en algún momento, me di el gusto de tomar clases de milonga en el Torquato Tasso con el Indio. Pero eran gustitos que me daba que, hoy, quedan en mi historia de bailarina por hobbie.
Debo decir que Gustavo Naveira es hoy quizás el referente mundial más importante de tango. Se casó con una señorita alemana- imagino que bastante rubiecita ella- que baila como los dioses y, seguramente, hoy no podría pagar ni una clase a cargo suyo. No sé si me recuerda, pero yo sí a él y a Olga.
Podría contar mil anécdotas como testigo sumamente objetiva porque no seguí participando mucho de ese ambiente, pero tengo grandes amigas bailarinas profesionales que sí lo hicieron. Tengo chismes sobre los comienzos de la Viruta, conozco varios amores secretos y no tantos, vi partir a muchos tangueros contratados por extranjeras que luego se casaban con ellos y los mandaban rápidamente de vuelta cuando éstos no se comportaban como debían y, aunque no lo crean, por algunos meses gerencié la milonga El beso a dónde iban los Sofovich y otros grandes bailarines de los que ya no recuerdo el nombre. Pocos meses, y porque mi amiga me hizo un favor en esos difíciles 2001.
Hoy, nada de esto sigue vigente. Las mujeres sacan a bailar a los hombres, ya casi nadie cabecea, bailan mujeres con mujeres, varones con varones, se baila en zapatillas y también de esto podría hablar. Como se bailaba, como se baila ahora. Porque no lo olviden; dejé de bailar, pero soy investigadora y, principalmente, curiosa.
Y llegamos, finalmente, al domingo pasado. Nos encontramos con mis amigos Darren y Heather para recorrer, obviamente, San Telmo. Fuimos a los lugares clásicos y a otro que no lo son tanto. Cuando estábamos en la plaza, donde siempre hay alguien bailando, veo una pareja que está por comenzar. El bailarín principal y presentador era un hombre algo entrado en años, hermoso y con una cabellera que le llegaba a la cintura y me quedo dura y le digo a mis amigos: “si es quien pienso que es, ustedes han tenido una suerte indescriptible”. Y ahí se me cayeron 30 años encima, en el buen sentido y oigo que la compañera de baile dice: “y un aplauso para el Indio…”. Me emocioné. Quise acercarme y decirle: «Indio, yo tomé clases de Milonga con vos», pero no quise interrumpir el espectáculo. El Indio Benavente sigue hermoso como siempre, sigue bailando como los dioses y tuve la suerte de volverlo a ver. Algunos siguen resistiendo.

Deja tu comentario